Definición política de Contrapoder

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“Hasta que no tengan conciencia de su fuerza no se rebelarán, y hasta después de haberse rebelado no serán conscientes. Este es el problema”
1984 George Orwell
Algun@s de l@s que habitamos la Facultad de Cc. Políticas, Sociología y Trabajo Social de la Universidad Complutense de Madrid, compartimos dos impresiones: la de que éste nuestro centro de trabajo, momentáneo, como casi todos lo son ya, presenta enormes posibilidades para la acción política revolucionaria; y la de que para ello nos hace falta dotarnos de una organización estable, coherente y que desarrolle proyectos tácticos y estratégicos que nos permitan superar la miopía forzada de las campañas concretas. Por acción política, en un espacio determinado, entendemos la agregación de solidaridad, ilusión y desafío que nos permita intervenir en la gestión de los recursos de dicho ámbito. Por revolucionaria entendemos una práctica crítica, insumisa y transformadora, que oriente su toma de posiciones con la vista puesta en aumentar la fuerza y las capacidades de los sujetos subalternos para subvertir las relaciones de mando y obediencia, sustituyéndolas por otras de democracia y cooperación.
De los movimientos populares del pasado extraemos compromiso para seguir adelante pero también valiosas lecciones para nuestra lucha presente. El movimiento obrero es nuestro principal referente toda vez que de ahí provenimos vital y culturalmente, que el anarquismo y el comunismo son las fuentes de las que bebemos, y que la lucha de clases sigue siendo la fuerza motriz de la historia, así como el principal de los conflictos que sacuden el tronco capitalista, haciendo en ocasiones caer dulces frutos para l@s explotad@s, en forma de derechos o concesiones. Estos derechos han de ser comprendidos desde la dialéctica: son a un tiempo espacios arrancados a la arbitrariedad del poder, y concesiones de los poderosos para comprar obediencia. Deben ser, por tanto empleados con audacia y precaución. Los espacios políticos no dejan de estar imbricados en la sociedad porque nosotr@s así lo determinemos: las instituciones no son un lugar, el poder no es un castillo por asaltar ni un cetro por arrebatar, sino una relación, una circulación y un funcionamiento. Sólo tiene sentido el rechazo frontal de los ámbitos institucionales cuando haya construcciones a sus márgenes de potencia suficiente como para desbordar las relaciones de poder tradicionales y producción de un orden alternativo.
Nos definimos por la tensión entre lo que podemos ser, como individuos y como especie, y lo que somos bajo las condiciones del capitalismo. En nuestro caso trabajamos en la producción de imágenes, comunicación y conocimientos, pero estamos expropiados de dirigirlos hacia un aumento del bienestar individual y colectivo. Somos estudiantes con trabajos esporádicos en otros sectores, becari@s o investigador@s. La precariedad y la flexibilidad nos constituyen, pero en manos del capital, no nos hacen más fuertes sino más débiles. En lugar de exportar verdades atemporales y extrasituacionales, debemos partir de los problemas concretos, de las ausencias específicas y de las situaciones actuales, por más limitadas o parciales sean, apoyarlas y reforzarlas, empoderarlas y pavimentar las rutas que las conduzcan al desafío antisistémico. Nadie nace anticapitalista, los sujetos transformadores se construyen en los conflictos, lo mismo que las subjetividades, las mentes antagonistas y alternativas.
Transformamos hacia fuera y hacia dentro practicando el asamblearismo, la horizontalidad, la autogestión y la acción directa; no como dogmas, sino como concreciones de una certeza: la de que depende de nosotr@s la emancipación, la de que nadie lo va a hacer por nosotr@s, y si fuese así no lo querríamos. La práctica cotidiana de la democracia y la rebeldía son un sano entrenamiento para la emancipación, son el comienzo de la misma atacando a la raíz de los problemas, a su causa última: si intervenimos en temáticas concretas, esto no nos hace olvidar la fuente del mal.
Somos antiautoritarios porque aspiramos a “mandar obedeciendo”, a someter el poder al control desde la base. Pero tenemos claro que en el conflicto social, inevitable para la construcción de la vida nueva, los choques y las imposiciones son elementos naturales al tratar al enemigo. Los poderosos no regalan nada, no van a abandonar el escenario de la historia sin luchar, por eso no hay alternativas a la lucha. La violencia ha sido en muchas ocasiones un arma necesaria de las esperanzas de liberación. Como herramienta la consideramos: sin olvidar nuestro compromiso con una vida sin sufrimiento ni humillación, los métodos de la resistencia y de la rebeldía, así como los posteriores de la subversión y el contrapoder, deben responder a las necesidades históricas concretas del enfrentamiento. Desearíamos un mundo sin violencia, pero es antiético todo posicionamiento que prefiera renunciar a la violencia liberadora antes que asaltar el mundo de la violencia estructural del hambre, de las pateras, de las guerras, la miseria, las cárceles y la alienación del hombre (y la mujer!!) de su medio natural y social.
El anticapitalismo nos constituye. Identificamos en el sistema de producción y distribución basado en la propiedad privada, la competencia y la violencia, la fuente de la barbarie civilizatoria a la que parece abocarse el género humano, de la destrucción ecológica, y del sufrimiento de la mayoría de quienes comparten con nosotr@s el Planeta Tierra. En la metrópoli madrileña y para la juventud estudiante y precaria, el capitalismo tiene rostro de privatizaciones, recorte de derechos civiles, frustraciones e insatisfacciones personales, alienación y ruptura de los vínculos sociales no mercantiles, control social y hostigamiento a l@s disidentes; La Guerra como cara no sólo destructora sino productora de nuevas relaciones sociales, la homogeneidad disciplinaria frente a la rica multiplicidad de lo social. Para nosotr@s el anticapitalismo es la resistencia creadora, la conjura de l@s de abajo para liberar las fuerzas y las ilusiones sociales en beneficio del común.
La libre circulación de saberes, deseos, personas e información es un principio comunista que choca con la necesaria disciplina que el capital debe imponer. Podemos crear mucho más variado y profundo de lo que la mercancía y la guerra pueden absorber. La multitud y sus posibilidades son el Leviathán del capital, obligado a metamorfosearse continuamente para tapar toda posible línea de fuga, toda grite por donde la potencia fluya construyendo ríos de comunismo. La Autonomía es el proyecto político para liberar esas capacidades desde lo múltiple, dinámico y recombinante.
Como anticapitalistas, reconocemos en el fascismo su peor bestia, la expresión de la desesperación que produce, dividiendo a l@s desposeíd@s y poniendo sus frustraciones al servicio de un simulacro revolucionario que acabe afianzando y aumentando el poder del capital sobre el proletariado. El fascismo le cierra espacios a la democracia y a la sociabilidad solidaria y sin miedo; es por esto que debe ser reprimido sin consideración, denunciado y arrinconado. Por variadas que sean las caras bajo las que se presente, toda aparición pública del fascismo envilece a quienes lo toleran. En nuestra tierra es especialmente grave la pervivencia de actitudes, símbolos e instituciones heredadas de la dictadura para-fascista que gobernó el Estado Español durante 40 años en ausencia de capacidades autónomas de la burguesía para asegurar la propiedad frente al proletariado revolucionario. La memoria histórica es una tarea pendiente de saneamiento democrático que implica el enfrentamiento con la agresiva derecha española y su principal partido organizativo e ideológico: la iglesia católica. Ésta nos resulta especialmente rechazable en tanto que aliada histórica de los ricos, pero nuestra apuesta por la libertad nos sitúa enfrente de todas las religiones. La premisa filosófica para la libertad es reconocer en los hombres y las mujeres la única existencia creadora de su destino.
Pero no se reducen a la opresión capital-trabajo el conjunto de las opresiones que nos fracturan. Íntimamente ligado al desarrollo capitalista, pero con una existencia propia, el patriarcado es un sistema de relaciones sociales fundamentado en la violencia contra las mujeres, en su subordinación a aquellos aspectos funcionales para la acumulación capitalista, el gozo cosificado masculino, y la reproducción social. La lucha por la emancipación de las mujeres es la lucha por la emancipación generalizada, por una existencia plena y libre para tod@s. Más allá de la declaración de intenciones tan cara a los movimientos sociales, debemos combatir entre nosotr@s las relaciones que reproduzcan patrones machistas de comportamiento, debemos aprender a nombrar y transformar nuestras culpabilidades cotidianas en la violencia estructural contra las mujeres, que es también violencia contra la posibilidad de los hombres de fugarse de las castrantes normas patriarcales. El feminismo es una de las columnas que sostienen nuestra definición política, pero es también una forma de hacer política, de producir sociedad.
No hay especie sin medio natural. La barbarie capitalista amenaza la continuidad de la vida destruyendo el planeta y toda posibilidad de vida en armonía con la naturaleza y el resto de animales. Las agresiones a la tierra son agresiones a la humanidad, y a la posibilidad de una existencia no mediatizada por el estado y el capital.
Por el medio en el que se desenvuelve, la asociación fija como su principal enemigo a batir los procesos de mercantilización y disciplinamiento de la universidad por parte del capital privado. La Convergencia Europea que gira sobre el Plan de Bolonia es el intento de subordinar las universidades, sus capacidades, sus tiempos y sus gentes, a los intereses empresariales. Esto a nosotr@s nos depara empeoramiento de nuestras condiciones de estudio y trabajo, exclusión de la universidad de los estudiantes provenientes de familias de rentas más bajas, control de nuestro tiempo y de la libertad de dedicarlo al ocio, a la formación alternativa o a la intervención participativa en lo social, límites al pensamiento crítico, restricción del derecho a la educación en beneficio del emergente “mercado de la educación”.
Contrapoder nace en nuestra facultad como un centro en el que sumar y afilar voluntades insumisas. Para participar de los movimientos sociales de Madrid y el Globo, y para acercarlos a la universidad, y la universidad a ellos. Como recipiente de discusiones teóricas –alarmantemente ausentes entre el estudiantado- y estrategias políticas. Aprovechar los recursos a nuestro alcance para liberar espacios en nuestro centro de trabajo, para formar en él a militantes, para convertir nuestra Facultad en un centro que irradie a todo Madrid energía, prácticas y discursos, hacia la construcción de movimiento anticapitalista, autónomo, feminista, ecologista, democrático, comunista y libertario.
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